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Juan Beltrán, pescador pescado

Juan Beltrán vivía en Colonche, en el campo. Pero le gustaba el mar. Conoció a Teolinda Murillo y supo que era la mujer de su vida. La invitó a aventurarse y viajaron juntos a La Libertad. Esto fue hace 16 años. Él sabía que les iba a ir bien porque los dos son muy trabajadores.

En La Libertad, Beltrán empezó a trabajar en una empresa fileteadora de pescado. Aprendió el negocio y un día, en que necesitaba dinero para la graduación de su hija, una señora como venida del Cielo le pidió que le vendiera algunos kilos de pescado. Él consiguió lo solicitado y poco a poco fue vendiendo el producto, hasta que decidió trabajar por su cuenta. Teolinda recuerda esos años: “Como es ‘amiguerísimo’, consiguió que un amigo le prestara $2 000. Con el pescado fue a Cuenca y le pagaron al contado. Con esa plata volvió a comprar más”. Consiguió crédito en Banco Solidario y pudo terminar de instalar un cuarto frío que había iniciado con apoyo de otro amigo. “El Solidario fue el primer banco que me ayudó. Nunca lo voy a olvidar”, dice Beltrán.

Tiempo después, con un segundo crédito, lograron instalar otro cuarto frío para congelar corvina, congrio, lenguado, entre otras especies. Teolinda dice: “Cuando lo visitan, Juan acostumbra regalar un filete para que lo prueben y regresen… Así hemos construido poco a poco”.

“Uno tiene que hacer lo que le gusta. Ahí lo hace bien”. Beltrán dice esta frase mientras revisa un barco en miniatura que compró para soñar con aquel que construirá para pescar y pasear.

En su camioneta, compra cada día 20 gavetas de pescado fresco a pescadores de Anconcito, Manta, Palmar, y también del puerto. Una vez por semana vende hasta 3 toneladas con crédito a 30 días. Paga al Banco en cuanto le pagan a él. Su casa y empresa están en la ciudadela San Vicente, La Libertad. Las calles tienen nombres como “dieciseisava, diecinueveava…”.

Tiene tres hijos y un nieto. La mayor, Patricia, tiene su hijo Nicolás y espera el segundo. Ella estudia ingeniería empresarial y pinta murales; en cambio los dos chicos estudian en la escuela y tienen clases de guitarra y piano. Son ciegos por un problema hereditario, por lo cual aprenden braille. Teolinda dice orgullosa que ellos no le dan problemas, se visten, alimentan y estudian solos. Tienen un gran oído musical y aprenden rápidamente.

Por la casa de “los Beltrán” aparecen siempre Thalía, sobrina de Teolinda, y otros dos sobrinos escurridizos. Todos son barcelonistas.

Da trabajo a diez personas, Iván, Perla, Pedro, entre otros, quienes usan gorras y guantes, y una camiseta con la imagen de la recién elevada a los altares, Narcisa de Jesús, la Santa de Nobol, de quien la familia Beltrán es muy devota, tanto es así que acudieron a la canonización. “Mi tradición es ir el 18 de noviembre a Montecristi a ver a la Virgen de Montserrat. Allí no busco hotel ni nada, descansamos y cocinamos en la vereda. Todo es la fe”.

Los gastos de la empresa son altos, así como la educación de los muchachos. Ahora Beltrán tiene intención de construir un segundo piso para pasar allá la vivienda e instalar un tercer cuarto frío. Un día vienen a visitarlo del Banco. Beltrán informa que necesita más capital para la compra de 200 gavetas de pescado. Ahora ha bajado la venta, cosa que es normal, dice. Para Semana Santa comienzan a pedir pescado desde la Sierra, Cuenca, aun Colombia a donde envía luego de verificar el depósito.

Juan Beltrán tiene un sueño: seguir adelante, y que no fallen ni él ni su esposa.

Ciudadela San Vicente, La Libertad

Provincia de Santa Elena