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“Una familia obediente” Estela TeránSemanas antes de la Nochebuena, mamá copiaba la receta del pavo navideño que su chef favorito preparaba en la tele.La Navidad en casa es cosa seria; poco nos falta para vestirnos con “traje de luces”. Mi madre nos envuelve en un ambiente parecido al de los decorados escaparates, en donde resuenan los típicos villancicos. La publicidad televisiva anuncia un aromatizador de pino y canela especial para la temporada. Ahora mamá lo aplica por todas partes, para asegurarse de que la época de “paz y amor”, también nos entre hasta por la nariz. El negocio de papá va viento en popa. Se inunda de clientela aturdida que busca aquietar la conciencia, a través de los regalos. Así, el trabajo aumenta y por eso está llegando más cansado que de costumbre, ansioso de comer y de entretenerse con la telenovela “Fuego de Pasión”, transmitida por la televisora nacional. Mi eufórica madre con los preparativos interrumpió, sin querer, la audición del capítulo del cual mi padre no podía pestañear. Mientras tanto en la pieza contigua puedo ver las caras de mi hermano menor y la del vecinito amigo, iluminadas por los rayos de colores que desprende el aparato donde juegan “Disparo Final”, (uno de los tantos juegos que papá compra) en el que tratan de eliminarse mutuamente. Sus expresiones faciales representan una inquietante alegría y sus movimientos corporales son eléctricos y parecen descoordinados; eso sí, con los ojos bien abiertos. En lo personal no he sido muy afecta a la televisión, pero desde mis ocho años, no me pierdo un capítulo de “La familia Thompson”, cuyos dibujos son muy graciosos y ocurridos. Tengo camisetas, los muñecos y cuando llega mi cumpleaños, mis amistades me regalan jarros, afiches y cualquier otra curiosidad alusiva a estos personajes. Se podría decir que he sido una fanática, pero por lo menos, de un “clásico”. Nada como los programas que eligen mis padres para llenar las tardes de fin de semana. Ese tal “Lola”, por ejemplo, donde en una burda ridiculización de las personas, hace juicios supuestamente reales que a ellos les parece divertido. La tradición familiar de reunirnos en estas fechas para rezar las novenas con mis primos, siempre me colmaba de ilusión. Sin embargo, un año atrás vengo experimentando una sensación de vacío y nostalgia que no se si pueda explicar. Me agobia la obsesión de mamá por querer poseer una suerte de elementos innecesarios, que publicita la televisión. Esas “felicidades” compradas y que ocupan apenas espacios físicos. Por otro lado me mata la indiferencia con que mi padre me mira de un tiempo a esta parte; como ausente, como si perteneciera a otro mundo. Me pongo peor cuando recuerdo sus mimos de antes. Me da pena Julio, mi hermano, que alterna sus días solitario, entre los juegos con el vecino, la tele y la escuela, en la que sus maestros se quejan de su comportamiento agresivo…Todo esto me pone muy triste, y por momentos angustiada. El 24 lo pasamos en casa. Mis abuelos fueron los primeros en tocar la puerta. Venían cargados de regalos para los nietos. En pocas horas la sala estaba repleta. Mi madre, que vigilaba el pavo en el horno, se excusó por estar ausente y a modo de broma repitió el frívolo slogan de la propaganda: La cena se sirvió a las doce y prácticamente nadie se acordó de rezar. Mi madre llamaba a todos con insistencia porque detesta servir la comida y que la gente la deje enfriar. La hambrienta parentela se acercó a la mesa y disfrutó con cada sofisticada receta. Para variar mamá se lució. Mientras tanto me di cuenta que papá estaba nervioso y al igual que yo, casi no comió. Al día siguiente, me despertaron las voces de mis padres que discutían en su dormitorio. No pude soportar la escena y escapé a la calle. Me preocupé de llevar en mi cartera una buena porción del veneno “Mata-intrusos” que pusieron en la cocina para acabar con todo roedor. Estaba claro lo que quería hacer… Al cabo de diez minutos sentí intensos dolores abdominales y una insoportable sequedad en la boca. Más tarde mi cuerpo yacía en medio del paso hacia el parque, igual que una rata. Así es como debía morir una intrusa más de la vida… De esta forma, mi familia y yo protagonizábamos, aquel 25 de diciembre, la telenovela de mayor ‘rating’ comercial. A mi memoria, mamá mantuvo mi habitación intacta con la colección de mis ídolos. De repente la atacaba un sádico impulso y veía, para recordarme “La familia Thompson”, que repite incansablemente sus capítulos. Cada vez le sorprendían más los mensajes subliminales que oía. Esa falta de respeto de los hijos hacia los padres…y entre lo que escuchó, una frase expresada con una naturalidad absurda, la dejó paralizada: “podría suicidarme”. El envenenamiento de la joven, evidentemente influenciado por ese monstruoso dibujo animado, fue lento pero seguro. La depresión la dejó vulnerable a las circunstancias familiares. La madre fue arrastrada por el consumismo como valor hacia la felicidad; y el padre fue seducido por un nuevo producto del mercado: la infidelidad empacada en inocencia y dulzura… Es que la televisión denigra la imagen femenina. Insiste con el culto a los cuerpos de modelo. De paso, retrata lo obsceno, la violencia, los vicios, la ambición, la opulencia, la irreverencia. Como receta para triunfar en el mundo de hoy, gana prestigio televisivo, la audacia como la arrogancia, el individualismo como el facilismo. Eso se vende. Los canales se niegan a velar por la salud mental y moral de la sociedad. Ésta, mientras tanto es obediente y se revuelca en el mismo chiquero que trata de ser disimulado con uno que otro mejor programa. La “amiga y compañera” de muchos niños atonta y también los pone ansiosos, inseguros y los llena de miedo. Hace un trabajo paulatino de insensibilidad. La educadora familiar, Ángela Marulanda, asegura que ocho horas semanales de TV, restan creatividad en nuestros hijos y producen problemas de aprendizaje. Prohibir sería utópico y contraproducente. La solución es controlar lo que ven. Mejor aún, es inculcar en los niños aficiones como la lectura, las artes y los deportes, que motivan a llevar una vida interior más rica. Nutrir el alma de solidaridad, rectitud, esfuerzo y desarrollar una capacidad de discernimiento ante cualquier basura disfrazada de inofensiva belleza, en un falso amor. |
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